El género de los cortos de terror oculta obras maestras en los anuncios de coleccionables que salen en televisión. Cualquier guionista sabe hoy en día que para describir a un asesino en serie hace falta una buena colección en las estanterías de su guarida. Lo de los mechones de pelo y los meñiques ha quedado anticuado porque el público demanda algo más sofisticado que un susto de sangre y carne deshilachada. Necesita algo que se le pegue a la retina y le golpee en el estómago durante semanas. Que a las cuatro de la mañana le haga dudar si levantarse a hacer pis o intentar seguir durmiendo, o si las sábanas cubren completamente sus extremidades. Y todo porque el asesino coleccionaba abanicos internacionales, o cucharillas de café, o rosarios del mundo, o dedales de porcelana esmaltada. El quiosco es la antesala del retrato robot. Si yo fuera la CIA o el FBI no permitiría salir al mercado un dedal de porcelana esmaltada sin un chip de localización.

Colecciones asesinas, en EL MUNDO

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