Me encantaba encontrarla en casa. Llegaba de trabajar y ella se había metido desnuda en mi cama o en mi cocina a picar almendras para hacer panellets. Un día me robó la llave, se hizo una copia y acabó en mi vida por allanamiento. Luego vino lo de comprar el piso, lo de pintar y llenar las estanterías, lo de viajar a Roma, a Túnez. Nunca me dijo que me quería pero a veces me agarraba una mano, la miraba como si me leyera el porvenir y se echaba a llorar.

Hace años que nos separamos. Recuerdo que durante un tiempo, para no esperar sus mensajes, montaba y desmontaba el Nokia sobre la mesa como un francotirador. En el penúltimo me avisó de que pasaría a recoger ropa, y que le dijera una hora por si prefería no verla. Hace un par de meses pasó frente a mi mesa en una terraza. Mi hijo Iago estaba en las rodillas de un amigo que trataba de leerle El País, y nosotros fingimos no vernos, o vimos que ya no nos reconocíamos.

Devolver la poesía, en EL MUNDO

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