Una de las peores cosas que le pueden pasar a un periodista es que las cosas no estén donde deberían. Y no me refiero a un teléfono en la agenda del móvil, ni al cadáver al pie del andamio, ni al concejal de Obras tras las alcachofas de colores de los medios, como si olisqueara un ramo de margaritas silvestres. Me refiero a esos días en los que alguien decide de repente no interpretar su papel, y empieza a decir cosas que no has dejado escritas previamente para poder llegar antes a casa. Tener un mal día, en esta profesión, es eso que le pasó a unos compañeros de Nueva York, que grabando las declaraciones de un bombero que había sofocado un pequeño incendio se les coló en la toma un avión chocando contra una torre gemela.

En Ibiza pasa muy a menudo que casi nadie es quién dice ser para poder ocultar un pasado en el que se esconde la noticia. En uno de los primeros juicios que cubrí un tipo había apuñalado a otro en una discusión de tráfico. Antes de entrar en la sala me entretuve hablando con el único testigo. Un austríaco que pasaba por allí con su coche. Y con Cristina, la abogada del acusado, con quién años más tarde entablé una efímera amistad. Estás ahí charlando, antes de un juicio de lo más simple, y de repente descubres que el austríaco es un multimillonario dedicado a la compra de diamantes de sangre, y que Cristina había sido monja de clausura en Argentina antes de especializarse en la defensa de narcotraficantes de Ibiza.

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