Esta semana una estudiante de periodismo de la Universidad Complutense me preguntó qué hacía para inspirarme, pero me dio vergüenza reconocerle que darme una ducha, por lo que le dije la verdad, que la inspiración eran los plazos. Hay tipos que para resolver un problema o antes de dar una respuesta necesitan dormir un rato, o darse un paseo, o fumar un cigarrillo en el balcón. Cuando lanzan la colilla al patio la decisión ya está tomada y además es irrevocable. Yo para terminar una columna necesito una ducha. También para empezarla, como si la inspiración fuera un tipo disfrazado de anciana que de repente aparta la cortina y te apuñala hasta la muerte.

Picasso antes de ponerse a trabajar se quedaba un rato en la cama y enumeraba todas las enfermedades que le aquejaban, Bacon se emborrachaba y leía libros de cocina y Manet mirar los pies de las mujeres. En ‘Escribir es un tic’ Francesco Piccolo revela que Stein, antes de ponerse a escribir, necesitaba mirar vacas; que Truman Capote no empezaba ni terminaba un texto en viernes; y que Victor Hugoescondía su ropa para no tener la tentación de salir de la habitación; y que Edith Sitwell se metía en un ataúd, y Navokov en un coche aparcado.

La ducha en EL MUNDO

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