Una vez casi mato a mi hermana mayor. Yo debía tener unos 12 o 13 años y estaba sentado al borde de la cama. Tenía la puerta abierta y la escuché levantarse en la habitación de al lado, como a las tres o cuatro de la tarde, porque había salido de fiesta. Mi hermana mayor, que rondaba la treintena, es de esas a las que les cuesta despertar. Nunca de buen humor. Cuando llegó a la altura de mi habitación camino del baño me miró de reojo como para asegurarse de que no le daba los buenos días, y luego empezó a gritar. Yo llevaba puesta una sotana y ella había olvidado que era carnaval.

En ese momento iba camino de una fiesta de disfraces para adolescentes y no era capaz de ponerme el alzacuellos. Aquel fue el mejor disfraz de mi vida. Cuando eres el pequeño de cuatro hermanos no sólo heredas su ropa o sus disfraces, si es que todavía existen, sino también la paciencia de tus padres. Uno de mis primeros recuerdos de la infancia es mi madre dejándome en la puerta guardería con un chándal, de esos de Adidas azul marino con rayas blancas, que hoy eres vintage pero de aquellas eras un loser. Mi madre se metió en el coche justo antes de que abrieran la puerta, y desde allí me gritó: “Diles que vas de deportista”.

La sotana en EL MUNDO

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