En mi última semana de trabajo en el Miami Herald mi compañero Mauricio Maldonado me regaló un Volkswagen escarabajo de juguete que había sobre su mesa. Los demás también me dieron algunos objetos con los que decoraban sus cubículos y sus rutinas, como la semilla gigante de una planta exótica, un bote de lapiceros, o una cartulina con una frase motivadora, que me ayudarían a reconstruir Miami en cualquier otro lugar del mundo.
Hacía apenas unas horas que había rechazado mi mejor oferta de trabajo. Una de esas oportunidades que pasan una vez en la vida, y que solo descubres cuando las dejas pasar de largo, especialmente la vida. Entré al despacho de mi jefa, Janine Warner, y después al del entonces editor del Herald, Alberto Ibargüen, con el Volkswagen en la mano, como dando a entender que sus intentos para convencerme de que no cogiera el avión de vuelta a España estaban interrumpiendo mi mudanza. Los mayores fracasos de la vida siempre van precedidos de cierto éxito, y la inconsciencia de ambos.

De repente un fracaso en EL MUNDO

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