Hace unas semanas, mi hijo Iago, que no tiene ni dos años, me despidió de mi puesto de trabajo. Se acercó al vestidor de su madre, lo que de soltero llamé durante años despacho, y con la chaqueta en la mano me dijo: “A la calle”. Como hace por lo menos dos lustros y cuatro EREs que esperaba este momento, tardé un buen rato en apreciar que la chaqueta era la suya, y no la mía; pero mucho más en darme cuenta de que “alacalle”, así, todo junto, era su primera palabra.

Me habían advertido de que cuando el niño empieza a hablar hay que tener mucho cuidado con lo que se dice porque lo aprenden todo. De lo que no te advierten es lo que aprendes tú con lo que repite él. Mi hijo en lo de “alacalle” esconde un trauma, y es que le he enseñado a vivir como yo, es decir, en pijama. Me recordó al hermano pequeño de una amiga, hoy un señor respetable. Su padre había sido un alto cargo de la guardia civil en el País Vasco. Dedicó su vida a luchar contra ETA, lo que les obligaba a mudarse con mucha frecuencia. Su primera palabra fue “caja”.

A la calle en EL MUNDO

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