Antes de que mi padre decidiera que viviríamos en un chalet, mi infancia transcurría como la de cualquier niño gallego de los ochenta. Jugábamos al fútbol en la plazuela, entre la iglesia de la Santísima Trinidad, la cárcel vieja y la calle de las putas. Y bajábamos al cauce del Barbaña a aplastar con piedras las jeringuillas de los toxicómanos.

Fue bastante duro perder todo aquello a cambio de una piscina y un dormitorio en el que podía aterrizar un helicóptero. En realidad las aspiraciones de mi padre se limitaban a comer cosas que hubiera plantado él mismo. Aunque al final, en su cabeza, aquello debía tener mejor pinta, porque pronto empezó a esconderse junto a la caseta de las herramientas a echar cigarrillos sentado en una carretilla. Y allí seguiría de no ser por el cáncer de pulmón, y de que tras vencerlo decidiera irse con mi madre a conocer, como Ismael en el arranque de ‘Moby Dick’, “la parte acuática del mundo”, de la mano de Costa Cruceros.

Maldito chalet, en EL MUNDO

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