Ya sé lo que pasa con el novio porque lo había visto otras veces. Es más, es probable que yo mismo lo hubiera protagonizado otras veces. La chica lloraba dentro del coche, uno rojo que parece una manzana. Estaba aparcada en su plaza, dentro de la urbanización, y además de llorar, pulsaba frenéticamente las teclas del móvil, como si modelara un cenicero de plastilina. Ese es el momento clave. Cuando debes decidir si volver a arrancar, con la esperanza de una reconciliación, o salir y entrar en casa, como si todo hubiera terminado para siempre. Por eso es mejor quedarse en el coche, donde todo es posible, incluso que venga a rescatarla, como a la princesa gusano de una manzana envenenada.

La última vez que la vi llevaba a mi hijo a la guardería. Últimamente le ha dado la manía de aprender a hablar. En el trayecto, de unos trescientos metros, señala y dice lo que pasa, casi siempre lo mismo, pero con el entusiasmo de un descubrimiento extraordinario. Entonces grita “anón”, y yo grito “camión”, con el mismo entusiasmo y nuestros puños en alto. Y luego dice “oto”, y yo digo “moto”, y lo celebramos también. Y luego “aiota”, y yo, “gaviota”. Y lo abandono en la guardería con un beso que jamás me devuelve, como si no pudiera aportar nada más a nuestros trescientos metros de palabras.
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