Le di a la rubia del minivestido de flores mi número de teléfono, y ella no me quiso dar el suyo, aunque eso no me desmotivó. Sabía que en la Flower Power de Pacha nos habían hecho una foto juntos, y al día siguiente la busqué desesperadamente. Luego informé a mi amiga Teresa de que me había enamorado, y del pequeño inconveniente de que tenía que esperar a que ella me llamara. Al final le enseñé la foto. A Teresa le dio un ataque de risa y después me acarició la nuca como para comprobar la madurez de un melón. “Esta tía no te va a llamar”, me dijo.

El lunes, es decir, diez años después, Lur trató de volver a ponerse el minivestido. Le servía, pero los encajes blancos del escote y los bajos habían amarilleado. Lo devolvió al armario pero antes me dejó abrazarlo. El cuerpo me pedía colgarlo de una percha en mitad del salón, como cuando retiran la camiseta de un jugador de la NBA. Para aplacar mi fetichismo me dejó elegir otro, y le metí mano a las telas como un niño al cajón de los juguetes.

Se retira el minivestido, en EL MUNDO

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