A los que trabajamos en casa nos preguntan constantemente si echamos de menos tener un sitio adonde ir, como si hablaran de un comedor social. Pero la mayoría reconoce envidiar nuestras jornadas laborales en pijama o en gayumbos y, muy especialmente, la posibilidad, y abro comillas porque la frase se repite constantemente, de “no tener que ver a nadie”. Una sentencia que nos obliga a reflexionar qué clase de oficinas tenemos en este país para que haya 4.000 voluntarios dispuestos a embarcarse en un viaje sin retorno a Marte.

En la isla suelo recoger como náufragos, ya sea del agua, o del aeropuerto, a mis compañeros de Madrid. Les llevo a casa y les alimento para que una vez pasado el trauma me hablen de cosas peninsulares, normalmente inventos y palabras nuevas, estos días ‘Think tank’, que extraen de un saco como Gandalf sacaba los fuegos artificiales en La Comarca, y ante las que solo puedo bailar en círculos enhebrando brazos imaginarios.

El coche bomba, en EL MUNDO

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