Hay gente que es un auténtico desastre dando malas noticias. No es que sea un arte, pero hay profesionales dotados para convertir las bofetadas de la vida en meras inclemencias del tiempo, igual que hay auténticos malabaristas que, sin saber cómo, consiguen empeorar la situación. Cuando mi amiga Ana era pequeña llegó una tarde a casa y se encontró a sus dos hermanos, todavía más pequeños, solos y hambrientos. A medianoche se le ocurrió llamar a su tía por teléfono, que solo le dijo: “Ha muerto alguien pero no te puedo decir quién“, y colgó. Es cierto que no quería asustarla, pero aún hoy, a sus cuarenta y pico añazos, Ana conserva el espasmo en la cara, aunque el que había muerto era el dueño del bar de debajo de su casa.

Es verdad que veces el del bar es como de la familia, o de la empresa. Lo aprendí en mi etapa de becario en Santiago, donde era difícil distinguir el bar Goliardos de la redacción. Y eso que yo no fui de esos becarios a los que los compañeros mandaban a por cafés. A mí me mandaban a por whiskies y rones con limón. Tampoco diferenciaba a Ángel, el camarero, de un redactor de sucesos. La distancia entre el periodista y el camarero es a veces escasa. Quizá porque el segundo cuenta con la dificultad de tener que dar las noticias mirando a los ojos de sus lectores.

Malas noticias, en EL MUNDO

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