Esta semana se me han muerto un montón de desconocidos. Por lo menos dos, que son muchos más de los que se me suelen morir en una semana. Puede pasar si pasas mucho en la planta de Neurología, por donde mi padre ha estado paseando. Dos habitaciones más allá de la suya estaba ingresado un primo lejano. Mi padre paseaba muchas veces al día delante de su puerta, y en una de estas estaba vivo, y mientras volvía a su habitación estaba muerto. Lo lamentaba como si creyera que de haber ido más despacio al primo le habría dado tiempo de contarle sus intenciones; o por haberse perdido el espectáculo de su espíritu saliendo del cuerpo camino de los ascensores.

Al otro muerto le iban a hacer una radiografía. Minutos antes de morir una pareja en bata blanca arrastraba por el pasillo una de esas máquinas que se parecen al robot de ‘Cortocircuito‘. Al llegar a la puerta se cruzaron con un médico que les indicó los nuevos síntomas diciendo que no con el dedo. La pareja dio la vuelta con el robot con la cabeza gacha.

Urgencias, en EL MUNDO

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