De niño, a la abuela Amparo, siempre le pedía que me comprara una bolsa de indios, como si fuera tratante de esclavos. Eran de plástico y en posición ‘manspreading’ para incrustarles el caballo. Los vendían en los puestos que se montaban bajo el puente de la Burga, como si todos los ataques Cherokee que armaba mi imaginación surgieran de entre la niebla de las aguas termales.

Nunca he sido niño ni hombre de caprichos. Cuando Lur me pregunta qué quiero de regalo voy inmediatamente al cuarto de baño para ver cuánto queda de desodorante, pasta de dientes, o si la colonia me llegará hasta las próximas navidades. Por eso siempre llevo encima un montón de chaquetas y bufandas, y poquísimo desodorante.

El fraile del tiempo en EL MUNDO

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