Los días buenos, en casa de mi suegra, hay lasaña. Entonces suelto algunas onomatopeyas de satisfacción y ocupo mi sitio a la izquierda de mi suegro, y a la derecha del altarcito con las fotos de las bodas de sus hijos. Cuando te casas te ascienden allí y cuando te divorcias sales, con precisión sentimental de registro civil. El otro día vi que Lur y yo, los únicos supervivientes, ya no estábamos. En su lugar había un termómetro digital enorme, de esos que también te dan la hora y la humedad. No recordaba habernos divorciado pero preferí no preguntar nada hasta terminar la lasaña.

La semana pasada en lugar de lasaña había un candidato a la alcaldía. Estaba en el sofá, acompañado de su asesora, y escuchaba las quejas de mis suegros. Como no sabía si les hacía gracia que hubiera un periodista decidí quedarme, aunque la asesora pulsaba de vez en cuando mis reacciones, como en esas casas a las que vas por primera vez y tienen gato.

Para fusilarlos, en EL MUNDO

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