Ver una caña de chocolate y pensar en San Juan Bosco, y ver un helado de cucurucho y pensar en María Auxiliadora es mi trauma favorito de la infancia. Los caminos del Señor son inescrutables y eso incluye también al tubo digestivo. Los Salesianos lo sabían, y así se premiaba nuestra asistencia a las dos citas religiosas más importantes del calendario escolar. Era publicidad subliminal comestible.También matemáticas, en concreto una regla de tres, por la que habría una recompensa después de la muerte como la había después de misa de doce.

Lo cierto es que para ser un colegio y luego instituto solo para chicos rezábamos poquísimo, lo que distaba mucho de ser todo lo que sabíamos. Se nos pegaba de forma coherente para mantener el silencio en la oración, por lo que desarrollamos desde temprana edad códigos de conversación gestual como para secuestrar con diligencia un avión.

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