Una de las mayores incomodidades de vivir en la isla de Ibiza son los hippys. No los hippys de ahora, que más o menos los ves venir, sino los de antes. Unos que llegaron a la isla por una razón que ya no recuerdan, y que ahora hacen de abogados, o de dentistas, o tienen una librería, como mi amigo Carlos Manzano, que aterrizó desde la ONU y se encerró en un cobertizo sin agua y sin luz para traducir a Henry Miller. O mi amiga Susan, que llegó desde Cornwall prometiéndose que nunca daría clases de inglés, y se fue a vivir a una playa a hacer velas aromáticas que vendía en mercadillos. Este año se jubila como profesora de inglés.
Con el tiempo aprendes a olerlos porque no pueden ocultar las huellas de una noche psicodélica infinita que a veces les deja en pausa; o un tatuaje holístico en el antebrazo. Se interesan por tu hora de nacimiento, y dan consejos gratuitos de dudoso contraste científico. No puedes huir de ellos porque emergen de un funcionario al otro lado del mostrador; o de un farmacéutico; o de la matrona que le toca a tu mujer, que nada más verla supe que nos iba a mandar darle el pecho hasta segundo de teleco.

El aura en EL MUNDO

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