Trump dobla cucharas con la mente

Entre los 12 millones de documentos que acaba de desclasificar la CIA, se ha descubierto que la agencia de inteligencia puso a prueba las capacidades telepáticas de Uri Geller, quien se había hecho famoso en la tele doblando cucharas. El mentalista israelí logró adivinar que un agente estaba dibujando un racimo con 24 uvas a miles de kilómetros, lo que despertó la preocupación de la CIA de que Geller pudiera disparar con la mente una bomba atómica.
Una vez descartada esta posibilidad, la CIA nunca investigó que las mentes de los estadounidenses pudieran disparar la bomba eligiendo a sus presidentes, a los que también concede un poder sobrenatural, con una ceremonia con tintes de hechicería, que bien podía acabar con el elegido doblando cucharas.

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La cláusula no toca suelo

«La banca decidirá a quién devuelve», «El Gobierno perdonará al banco si se niega a devolver», «PP y PSOE pactan un decreto que no obliga a devolverlo todo», «El Gobierno no incluye sanciones si no devuelve», «La banca podrá negarse a devolver si cree que la cláusula no es opaca»…

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Ahora que se ha acabado la Navidad, podéis tirar todos los juguetes

Tengo un montón de pasta esparcida por el suelo de mi salón. Alguno creerá que es divertido ver a un bebé de ocho meses rebozarse por un suelo de goma, babeando cada una de las piezas desmontables y usando su cuerpo como una apisonadora de juguetes. Pero cuando te has dejado parte de tu sueldo en esos juguetes, la apisonadora deja de ser tu hijo y se convierte en Heath Ledger interpretando al Joker en ‘El caballero oscuro’, justo en el momento en el que se monta una hoguera con una montaña de dinero, mientras se chupa el labio inferior como un demente.

Una vez que se ha terminado la Navidad puedes dejar de hacer el imbécil y guardar todos los juguetes en un cajón, o tirarlos, salvo que tengas la suerte de conservar la caja y el ticket. Habías oído que podía ocurrir. Obviaste las señales cuando entrabas en la juguetería, y se dormía en el carro, o miraba todas aquellas cajas de colores con el mismo interés que los cortafríos de la ferretería o las perchas de cualquier tienda. Te creíste de verdad que le podía interesar la Cabalgata, atravesaste una muchedumbre, encontraste un lugar privilegiado junto a la valla para coger caramelos. Y levantaste ocho kilos y medio un metro sobre tu cabeza. Y permaneciste en esa posición durante una hora para descubrir que Melchor tenía menos interés que el alumbrado navideño que pendía sobre su cabeza, y que existían tantas carrozas como vértebras en la región cervical, de la C1 a la C7.

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En General Franco

He descubierto que tengo una memoria histórica proclive a la dictadura. Y es curioso porque nunca he vivido en una, salvo que cuente haberme criado entre las calles General Franco de Ourense y Primo de Rivera de Sanxenxo. Mis padres y mis abuelos, que sí vivieron una dictadura, nunca vivieron en General Franco, sino en la calle Progreso, que era como se llamaba antes y se llama ahora, de forma que por un malabarismo de la Transición el nombre de General Franco solo había calado en la memoria de los que nacimos en democracia.

Cuando era pequeño me perdía con frecuencia, por eso mis padres se esmeraron en introducir entre mis primeras palabras una dirección que parecía un nombre, un rango, un ejército y un batallón, que yo repetía con una firmeza a la que solo le faltaba el saludo fascista. El General Franco, a mis cuatro años, no era un dictador. El General Franco era yo. Y más tarde dos palabras en las que no cabía un dictador, sino un puente encharcado sobre aguas termales que me enterraban en vapor de agua camino del cole, como si atravesara el cráter de un volcán o el templo maldito.

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Freud con pulsómetro

Cuando empecé en esto del periodismo mi primera tarea consistía en recoger a mi redactor jefe del suelo a altas horas de la madrugada y ayudarle a llegar hasta su casa. Casi todo lo que necesitaba saber sobre la profesión lo aprendí en ese trayecto y por boca de un alcohólico. Le contemplé durante horas teclear con un solo dedo como un pájaro carpintero, ejerciendo un malditismo de colillas dislocadas y vasos que simulaban dictar el mejor texto del día.

En su momento llegué a definir el triunfo como tener a su edad a alguien que me recogiera del suelo, pero en su lugar lo que tengo es un pulsómetro conectado a la red de satélites rusa GLONASS. En De qué hablo cuando hablo de correrMurakami reflexiona sobre su falta de talento, envidia al genio maldito, y se justifica por tener que estar en plenas facultades físicas para sacar adelante los textos.

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Mi cláusula suelo

Me llamo Ricardo y tengo cláusula suelo. Ahora lo lógico sería escuchar un coro que diga ‘Hola Ricardo’, pero ya que en mi escritorio solo hay dos Mr Potato disfrazados de Spiderman y Darth Vader casi mejor que nadie diga nada. En realidad ya no tengo cláusula suelo, la tenía. Me la quitaron en 2013, lo que significa que llevo tres años bebiendo.

Antes de 2013 no bebía. Estaba centrado en esa práctica tan española de no poder pagar el piso en el que vivía. Y ahora que ya había logrado culparme de haber sido más tonto que un banco, resulta que la culpa no era mía.

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Una foto de Nochevieja

Entre los mayores errores de mi vida están los cortes de pelo y las noches de fin de año. De los primeros se puede huir evitando ciertos lugares, pero los segundos parecen perseguirte toda la vida, como las latas que se cuelgan al tubo de escape de los recién casados. Soy la única persona que conozco que ha salido una única Nochevieja en toda su vida. Fue cuando tenía 14 años, y los hechos que sucedieron justifican que el resto de mi adolescencia mis amigos creyeran que esas noches me encerraba en mi cuarto a bailar medio desnudo y a autolesionarme como Martin Sheen en Apocalypse Now.

De aquellos hechos conservo dos fotografías. En una estoy tumbado en un parque helado a orillas del río Barbaña. Tengo la boca abierta y de los vértices de la foto emergen tres botellas de destilados. En la otra estoy apoyado en el respaldo de un banco. Llevo americana y un abrigo tan grande que no se me ven las manos. Dos amigos me abrazan. A Xavi lo encontré en Facebook. En una foto de 2014 sale junto a una chica frente a una olla de espaguetis. Recientemente aparece con la misma chica y dos niños pequeños. Marcos, el otro chico que me abraza, está muerto.

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Errejón al PSOE

POR SI todavía había gente que no acababa de creerse la crisis de Podemos Pablo Iglesias leyó ayer una carta a los inscritos e inscritas con música de guitarra y guitarro.A estas alturas todo el mundo sabe que si el líder de Podemos sale con música es porque nos encontramos ante un momento trascendental del partido, como lo fue ¡Qué tiempo tan feliz!, donde le cantó una nana a María Teresa Campos.

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Un árbol en Phi Phi

Hace un año por estas fechas todavía no había puesto el árbol de Navidad. Mi mujer esperaba embarazada en el sofá a que me animara a hacerlo pero yo me resistía como si pudiera retrasar la Navidad, y muy especialmente el parto. No me interesaba poner ese árbol, sino otro, uno que me había encontrado el año anterior en las islas Phi Phi, y que se me apareció saliendo del mar como podía haber aparecido un oso polar. Aquella tripa me alejaba del sureste asiático y de la felicidad, y me acercaba sin saberlo a la Navidad.
Nunca he podido despreciarla como solo saben aquellos que pueden permitirse el lujo de tener cerca a sus seres queridos. He pasado más navidades lejos de casa que en casa, y no precisamente «por inquietud» y «amplitud de miras» que diría el ministro Dastis. Y debía ser meritorio porque en una de estas salí en Canal Nou abriendo centollos siguiendo las instrucciones de mi madre por Skype. Entonces la navidad era silencio en mi memoria de ruidos, y solo recordaba, quizá por envidia, al perro palleiro para el que robaba turrón porque pobre, para él también era Navidad.

Un árbol en Phi Phi, en EL MUNDO

869

«Es que son casos aislados, pero si un tercio de las mujeres ha sufrido o sufrirá violencia de género por parte de su pareja. Es que no denuncian, pero si en el último año las denuncias han aumentado un 14%. Es que muchas son falsas, pero si sólo lo son el 0,4%. Es que el machismo viene de antaño, pero si son los jóvenes más machistas que sus padres, y uno de cada tres considera «inevitable» o «aceptable» ejercer una violencia de control…»

869 en EL MUNDO