Muerte o ‘molongo’

No sé de dónde sacan lo de que el PSOE se enfrenta a una de las decisiones más complicadas de toda su historia. Hagan lo que hagan, el partido saldrá perjudicado. Su situación es la misma que la de los tres exploradores a los que secuestra una tribu, y el jefe obliga a uno de ellos a elegir entre muerte o molongo. El explorador contesta que molongo, y acaba violado por toda la tribu. El segundo debe responder a la misma pregunta y, resignado, sigue el mismo camino. Pero al tercero le entra un ataque de dignidad y elige muerte. A lo que el jefe le responde que ‘vale, pero primero molongo‘.

Cada vez son más las voces socialistas que abogan por el molongo, aun a sabiendas de que Pedro Sánchez no volverá a ser el mismo, con Pablo Iglesias toda una legislatura señalándole por los pasillos del Congreso con la risa del Nelson de Los Simpsons.

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Espinas de merluza

Cuando nací mi padre era viejo. Tenía 39 años y le daba vergüenza que con tres hijos criados le vieran con un carrito de bebé. Cuando me escolarizaron la cosa empeoró, porque mis compis me preguntaban si el hombre que me esperaba en la puerta era mi abuelo. Supongo que en algún momento de mi vida me prometí que no sería un padre viejo, y así lo creí cuando las matronas me pusieron a Iago en brazos a punto de cumplir los 39.

No recuerdo exactamente el día en que ocurrió, pero debió ser en una de esas noches en las que acabas deambulando por la casa a las cuatro de la madrugada como una aparición de ‘El sexto sentido’. Vas a la nevera, mueves a tu primogénito de la minicuna al cuco y del cuco a la hamaquita, te encuentras con el gol de Ramos en Real Madrid TV, confiando en que en una de estas el balón dé en el poste y tengas que avisar corriendo a la UEFA, y al entrar en el cuarto baño descubres ante el espejo a un tipo al que le han espolvoreado las patillas con azúcar glas, y cuyo pelo de la frente ha emprendido una retirada hacia lugares inverosímiles, como la nariz y el interior de las orejas, donde crece con la convicción de espinas de merluza.

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El tapiz

Hay cosas que son demasiado importantes como para no resolverlas en el último momento. Le ocurre a Felipe VI con la investidura como me ocurrió a mí en un análisis de esperma. Que una vez que te encierras con los candidatos, o con unas revistas porno y una tele con vídeo, se espera un resultado muy concreto. A mí me dieron media hora y me pasé veinticinco minutos tratando sin éxito de poner en marcha el vídeo, y al final uno acaba resolviendo las cosas que lo mismo le sale un presidente que un niño hiperactivo.
A este paso la historia acabará atribuyéndole al monarca la crítica que le dedicó el New York Times a Lola Flores: ‘No canta ni baila, pero no se la pierdan’.

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Terrorismo virtual

Ya no hay posibilidades de hacer el imbécil sin estar persiguiendo un pokémon. Lo han confirmado los informativos, con tipos que se graban escalando la fachada de un hotel, sin que haya margen para que, simplemente, estuvieran escalando la fachada de un hotel. Y esto es sólo el principio, ya que a partir de ahora sospecharemos de los monstruitos virtuales tras cada balconing, alunizaje o tipo que se cuela en una casa en mitad de la noche.

Nuestra naturaleza tiende al monopolio, pero especialmente a la pereza. Un error de sistema como el de la madre de un amigo, que tras sufrir un ictus que le abrasó el cerebro, sólo es capaz de decir la palabra ‘pato’. Ahora sólo sabemos decir ‘pokémon’, como también sólo sabemos decir Estado Islámico. A veces, incluso no hace falta decirlo, como me pasó el viernes durante una cena en un restaurante abarrotado, mientras perseguíamos con nuestros móviles a tres terroristas por Múnich y mi cerebro dibujó a un hombre disparando al otro lado de los cristales.

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‘Poketetas’

Un estudio de Happn, una aplicación que sirve para conocer gente, señala que Ibiza y Málaga encabezan el ranking de las mejores playas de España para ligar, lo que también las convierte en las peores para ir a la playa. Precisamente desde Málaga, mi amiga Berta me trasladaba al mismo tiempo una información contradictoria: la desaparición del topless, casi cuando habíamos llegado a un tiempo en el que las marcas anunciarían su renuncia a fabricar partes de arriba de los bañadores.

Al parecer las malagueñas han decidido que este año se lleva la imaginación. Y en las playas de Ibiza, aun habiendo mucha teta, ya no es lo que era. Las gafas de sol, que otrora servían para ocultar la dirección de la mirada, han sido sustituidas por la telefonía móvil, que la fija en una realidad paralela.

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Viciosos o pervertidos

Hay una parte del discurso político ideado para que nuestro subconsciente fabrique escenarios, casi nunca reales, que ayudan a completar su contenido. Así, si por ejemplo hablamos de la deriva nacionalista, el concepto lleva implícito el estado de embriaguez. O si el Gobierno catalán habla de poner en marcha el mecanismo unilateral de desconexión, es inevitable pensar en la estrella de la muerte.

En esas estábamos precisamente antes de que a Convergència le entrara un ataque de pragmatismo en el Congreso de los Diputados, y de la estrella de la muerte pasáramos a hablar de algo parecido a androides de protocolo tipo C-3PO. Igual que ciertos sintagmas fabrican escenarios, otros los ocultan. De tal forma que en la«cortesía parlamentaria» de la que habla Andrea Levy para facilitar el grupo propio de Convergència no hay forma de encontrar los tres millones de euros en subvenciones. Lo explicaba muy bien Ernesto de Hannover, hablándome a altas horas de la noche de las diferencias entre ser un vicioso y ser un pervertido: «Un vicioso es al que le gusta que le acaricien el ano con una pluma, un pervertido es al que le gusta que le acaricien con el pollo entero».

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Turismofobia

UNO DE LOS asuntos que más me inquieta de la turismofobia, esa tendencia a odiar al guiri que invade nuestro espacio, y que ahora se ha puesto tan de moda, es no tener muy claro si a partir del solsticio de verano el guiri soy yo, aunque no me haya ido a ninguna parte.

El monocultivo turístico ha inundado hasta tal punto el territorio que me cuesta reconocerme en mi propio ambiente. Paseo por las mismas calles pero ya no hablo el idioma de la mayoría. Me he levantado de la cama y he aparecido un lugar en el que ya no soy bien recibido. Voy a desayunar pero en cafetería de siempre alguien está en mi mesa, están vaporizando el ambiente y el camarero ha sido sustituido por una niña tatuada con el ombligo al aire que me da la bienvenida a Ibiza. Y no le falta razón.

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