México lindo

Una vez tuve un 99% de posibilidades de viajar a México, pero ganó el 1%. Casi nunca gana el 1%. Ahora al 1% le llamamos Iago, tiene once meses, pesa más de nueve kilos, es calvo y me observa desde una hamaquita con cabeza de Marlon Brando en Apocalyse Now, esperando que rebane una vaca. Me agarré tanto a mi 99% que cuando me anunciaron el embarazo de riesgo seguí buscando mezcales, desiertos, y calculando si el fracaso del 1% llegaría a tiempo para la observación del tiburón ballena.

Pero todo había terminado. Lo sabía porque los había visto y no quería convertirme en uno de ellos. Todos los hemos visto. Y hemos torcido la cara, o les hemos lanzado una sonrisa misericordiosa o de alivio más bien. Hablo de esos padres viajeros, esos padres sherpa con las extremidades colapsadas, que bajan aviones, suben jardineras y atraviesan fingers con la mirada del Everest. El bebé y la madre se llevan la gloria, pero detrás hay un tipo que hace la misma ruta colocando las cuerdas de escalada, portando la comida, la tienda, las bombas de oxígeno. Llegué a preguntarme si un padre que viaja se vuelve más eficiente en el uso del oxígeno, si es verdad que el flujo de la sangre debajo de la lengua no se les ralentiza por encima de los 3.500 metros.

México lindo, en EL MUNDO

La chispa de Podemos

Para los gordos. Para los flacos. Para los listones altos. Para los listones bajos. Para los pacifistas. Para los que fabrican buques de guerra para Arabia Saudí. Para los asesores de Venezuela. Para los que presentan a Hacienda una complementaria.

La chispa de Podemos en EL MUNDO

La comunidad

A mi vecina, la que está buena, la conocí una mañana en el portal. Yo iba o venía de correr y ella iba o venía de estar buena. Enseguida me di cuenta de que me sacaba algunos años por lo que el hecho de que me gustara me reconcilió con el paso del tiempo. Se quedó allí a mirarme mientras estiraba, y me contó que acababa de mudarse con sus dos hijos adolescentes, y que le apetecería volver salir a correr con alguien. Algunas partes de mi cuerpo reaccionaron enseguida, pero conservarlas me mantuvo en silencio. Poco después me vio con mi mujer y ahora, si me pilla estirando en el portal, hace por no saludarme.

La relación con mis vecinos se reduce a los minutos que paso estirado en el portal. Como casi siempre voy a la misma hora los personajes y los diálogos se repiten. Saltarse el guion, entre vecinos, nunca es buena idea. El año pasado, al mecánico ecuatoriano que sacaba a pasear dos perros diminutos le pregunté por el terremoto de su país y se echó a llorar. Hace poco le vi sacar solo un perro, le pregunté por el otro, y se echó a llorar. Los mecánicos lloran muchísimo.

La comunidad en EL MUNDO

Un pene para gobernarlos a todos

La primera vez que hablé con Jose fue por teléfono y estaba abatido. Se había pasado varias horas con sus compañeros rastreando una carretera. Un coche había arrollado a un ciclista a tanta velocidad que el impacto lo desarmó como si fuera un Playmobil, y les faltaba una pierna. Poco antes de anochecer la descubrieron enredada en unos cables de la luz varios metros sobre sus cabezas.

Cuando Jose no está haciendo de bombero cría a sus cuatro hijas o formamos pareja de pádel. Yo le hago preguntas todo el rato, pero no por vocación. Un periodista pregunta por el desasosiego que le provoca la compañía de alguien que se dedica a algo útil.

‘Un pene para gobernarlos a todos’ en EL MUNDO

La zona gris

Todos los partidos, confiesa Núñez Feijóo a Lucía Méndez, han utilizado las zonas grises de la ley para financiar las campañas, que es el eufemismo de han utilizado la materia gris de los ciudadanos para financiar las campañas, que es el eufemismo de tomarnos por gilipollas, y del vaya usted a saber quién aprueba las leyes con zonas grises…

La zona gris en EL MUNDO

¿Cómo no ser escritor?

Mi mejor novela la tiene mi padre metida en un cajón, que es dónde dicen que deben estar las primeras novelas, sobre todo las malas. La escribí con seis años y se titula ‘Dos ermanos‘. Como ignoro los motivos que empujan a alguien a escribir, mal voy a poder explicar por qué un niño de seis años rellena un puñado de folios y los envuelve en una cartulina.

También me encantaría explicar por qué me convencí de que si escribía novelas iba a follar como si no hubiera un mañana. Como solo tenía una se la tuve que pedir a mi padre. Un día se la enseñé a una novia y empecé a desnudarme. Ni se me ocurrió que se iba a poner a leerla. Al parecer los dos ‘ermanos’ eran músicos. Una cosa extrañísima ya que treinta y tres años después no sé tocar nada y mi mayor joya discográfica es un CD dedicado por el Padre Jony. Cuando acabó de leer me dijo que teníamos que hablar, que es lo más alejado que puede estar uno del sexo. Al parecer mi yo de seis años, el muy cabrón, había escrito que como los dos ‘ermanos’ no sabían cocinar habían decidido casarse.

¿Cómo no ser escritor? en EL MUNDO

‘Piloto de globos o jefe’

Pilotaba globos. No es fácil hacerte amigo de un tipo que pilota globos, al menos en una sola vida, pero ahí estaba yo, en pijama en Valladolid, en la cocina de su casa, devolviendo el oso que me habían dejado para dormir, al más pequeño de sus tres hijos. «¿Y tú que quieres ser de mayor?», le pregunté. «Piloto de globos como papá, o jefe».

Llegué hasta allí de la mano de una novia, de esas con las que duermes en Santiago, pero que no te vas a meter en casa de su madre, aunque me dijo que tenía un amigo que me podía dejar una cama, y que resultó ser de esos que te podían dejar hasta un oso. Con el tiempo me dejaría muchas más cosas, en su mayoría intangibles, y hasta un mensaje rarísimo, ya que después de tantos años, apenas recuerdo los desayunos con sus hijos, y que nos despedimos en un cementerio.

‘Piloto de globos o jefe’, en EL MUNDO

Se acabó el sexo

Es posible que haya más partidos, más goles, que se contraten más enfermeras como sugiere Piqué o, qué narices, que alguien haga el amor tras un empate. La Champions de 2017 tendrá un ganador que probablemente no sea el Barça, pero a quién le importa…

Se acabó el sexo en EL MUNDO

Los pediatras te atienden a ti, no a tu hijo

Uno de los errores más frecuentes a la hora de llevar un bebé al pediatra es llevar al bebé. Todo lo que había que decir sobre pediatras lo resumió Forges en tres viñetas. La de “mi diagnóstico es que tus padres son tontolhabas”, la del ‘padiatra’ al que despierta su mujer con el teléfono en la mano: “Es la señora Plastez, que está preocupada porque el niño está durmiendo tranquilamente”. Y la de “le vamos a quitar las vitaminas y vamos a darle cada seis horas un par de tortas bien dadas, en los morros a ser posible”.

El principio bajo el que se sustenta la despectiva imputación de padre primerizo es que tu hijo permanece con vida bajo tus cuidados, y no tienes ni idea de por qué. A partir de ahí te conviertes en una cara conocida en urgencias. Sabes dónde dejar el coche mal aparcado, conseguir monedas para la máquina de chocolatinas a las cuatro de la mañana, cambiar un pañal en un banco de plástico junto a un abuelo cuya vejiga es una bolsa que tiene en la mano, y cómo acojonar a esa pareja a la que se le acaba de romper un condón. Parece que van a echarse a llorar cuando te ven limpiarte vómito fresco de la camisa con una toallita húmeda. Y entonces, sin dejar de frotar, les miras como Jack Nicholson en los baños del ‘El resplandor’, cuando un camarero le limpia la chaqueta en una alucinación, y parece que está a punto de soltarle: “Tú estás muerto, ¿verdad?”.

Los pediatras te atienden a ti, no a tu hijo, en GQ

Engañarla con otra

Se llamaba Andrea, tenía 22 años, era alta, morena y con una boca enorme. Llevaba un tatuaje en el antebrazo que parecía recordar su estancia en un campo de concentración de muñecas. Y una mirada de esas que le recuerdan a los tipos de mi edad que, en la mayoría de los siglos, ya deberías estar muerto.

Cuando tienes un bebé de diez meses llega un buen día, un día cualquiera, en el que pones la tele con todas tus fuerzas, que también son las últimas, y en mitad de un anuncio en el que un adolescente de diecisiete años finge ser padre de trillizos con los que comparte un cartón de leche enriquecida en probióticos, descubres que ya no tienes ni idea de quién es la mujer que apoya la cabeza sobre tu hombro en el cheslong.

Engañarla con otra en EL MUNDO